Quito, hábitat silvestre
El machángara entre Guápulo y la loma de Lumbisí.

El camino del agua nos ha marcado geográfica, cultural y socialmente.

El río Machángara

Nuestra ciudad está atravesada por cientos de quebradas y riachuelos que marcaron la vida de quiteñas y quiteños en la historia de la ciudad, no solo porque determinan las formas de nuestros paisajes cotidianos, sino porque también es ahí donde nos relacionamos con la naturaleza y entre la gente. El río Machángara atraviesa Quito desde el lado suroccidental, naciendo en las faldas del Atacazo y el Pichincha, se consolida en la planicie del valle interandino y recorre el sur de la ciudad, llegando al lado oriental, luego atraviesa el centro y se escurre entre las lomas de Monjas-Lumbisí y Guangüiltagua hacia Cumbayá y Tumbaco, ahí se une con el San Pedro para ser uno de los tributarios del caudaloso Guayllabamba. El Machángara constituye parte importante del paisaje de una ciudad enorme, que incluye a los valles adyacentes y no es coincidencia que a través de nuestra relación con el río se evidencia nuestra relación con el entorno.


La tradición quiteña ha visto al río de distintas formas. En la época de la república el Machángara fue visto con fines recreativos como balneario familiar y destino del paseo de fin de semana, en sus playas los quiteños se bañaban y distraían, ahí jugaban comían, conversaban y hasta coqueteaban. Por ése entonces, las orillas del río todavía guardaban algo de vegetación autóctona en formas de arbustos y matorrales porque los árboles ya habían sido derribados. También era frecuente la presencia de lavanderas que fregaban en las orillas la ropa sucia y la limpiaban sin jabón, usando plantas de la zona como los pencos y el iwilán, que tienen entre sus hojas y frutas abundantes saponinas, sustancias naturales que producen espuma y tradicionalmente fueron usados hasta que en el siglo XX se popularizó el uso del jabón.

En la parte céntrica de Quito, donde actualmente está el intercambiador de tránsito del El Trébol, a principios del siglo XX, en 1906, se construyó el molino de El Censo, los silos gigantescos que aún siguen en pie, acopiaban la gran riqueza de granos que se cultivaban en los alrededores de Quito, ahí también llegaban granos de zonas más lejanas para que en el molino, accionado por la fuerza del agua del río, fueran transformados en harinas. El apogeo del molino más importante de Quito también despertó la forja de chismes, leyendas y fábulas que llegaron al clímax cuando el molino cesó su funcionamiento y las instalaciones entraron en abandono. Más tarde, en la década entre


1910 y 1920, hacia al norte del cauce del río, cerca de Guápulo se construyó junto al río la primera represa hidroeléctrica que empezó a proveer electricidad a Quito. De la misma manera que en el molino, los tiempos de cambio en la ciudad relegaron al olvido la represa que otrora fue obra de ingeniería y motivo de curiosidad, pero que ahora ya acumula más de tres décadas de no estar en funcionamiento.

La relación de Quito con el río empezó a cambiar cuando la ciudad cada vez más populosa dirigió sus sistemas de alcantarillado y aguas servidas al río. Además de los desechos domésticos, el desarrollo industrial de la ciudad ha vertido millones de litros de aguas tóxicas que envenenaron el río e imposibilitan que el Machángara pueda sostener vida. El nivel de deterioro del río es conocido y se han tomado algunas medidas al respecto, existen regulaciones que exigen a la industria cumplir parámetros mínimos en la calidad del agua que se vierte a las alcantarillas y al río directamente. Adicionalmente, existe el proyecto de empezar el tratamiento de las aguas servidas que se van a verter al río en el futuro, pero todavía parece lejano albergar la esperanza de que el río vuelva a ser limpio y sea el albergue de vida y esparcimiento que en otros tiempos fue.

Parece que estamos con el tiempo justo para empezar a pensar en la restauración del río. Además de la normativa existente y los proyectos planteados para regular la calidad del agua del Machángara hay que señalar que ya se han dado pasos preliminares en el reestablecimiento de algunos tramos del río. El parque lineal del sur, busca devolver a la vida al río y ha invertido esfuerzos en recuperar visualmente el entorno del río. Sin embargo, esto termina siendo insuficiente ante la gravedad de problemas que le imponemos al único río que atraviesa Quito y que ha sido desde siempre uno de los íconos de la ciudad.


Martín R. Bustamante, Finding Species
Esta entrada se publicó el abril 17, 2012 en 6:45 pm y se archivó dentro de Hábitat de Quito. Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

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